lundi

Treinta y cinco mil seiscientos cincuenta y dos.




Los dos sabíamos lo que escondían nuestras palabras,
 pero nunca nos atrevimos a pronunciarlo. 
La palabra amor estaba prohibida. 
El viento era incapaz de atarnos en una única lazada. 
Éramos libres. LIBRES. 
No éramos de nadie y eso era lo que nos hacía especiales.
Las luces de tus ojos brillaban más que nunca,
 y aquella noche nos fundíamos en una sola ola a punto de romper contra las rocas.
Un Te quiero resonó en mis oídos y me asusté.
Me asusté y salí corriendo. Dejándote allí solo.
Me asusté de sentir lo mismo que tú en ese instante.
Me asusté por amarte. Me asusté por volver a hacerlo.



Lo nuestro no acabó. Jamás ha acabado.
El Diario de Noah.